miércoles, 29 de mayo de 2013

“EL SOL QUE NOS DESLUMBRA” (M. Bruque)


 
Estos días estamos viendo a los políticos enzarzados en discusiones que no tienen fin, porque cada uno se cree poseedor de la verdad absoluta y no está dispuesto a concederle el más míno atisbo de razón al otro; se trata de sacar adelante sus propios intereses e importa muy poco el bien del pueblo para el que han sido puestos.
Realmente es un espectáculo lamentable que tiene cansado ya al pueblo, pues  estamos viendo que es una verdadera tomadura de pelo y se burlan cínicamente de todos ciudadanos. 

Esto se parece a aquella discusión entre sabios que buscaban el estado de perfección absoluta y cada uno intentaba imponerse sobre los demás alegando sus razones:

            Uno gritaba desde la tribuna, para imponerse sobre los otros, que también gritaban, porque allí nadie se escuchaba y decía:

            -“La perfección se consigue el momento en que limpiamos el corazón de todos los deseos que responden a los bajos instintos del hombre, pues esto ciega al ser humano y pierde el control de su vida”

            Otro gritaba por allá al fondo:

            -“Es imposible llegar a ningún sitio, si es que estamos amarrados a unos intereses de un partido, de una empresa o de cualquier potencia económica, pues el dinero llena el corazón de avaricia y amarra nuestras vidas…”

            Otro gritaba desde una esquina insultando a los demás que no lo escuchaban:

            -“No se puede vivir con gente que no es capaz de escuchar ni dialogar tranquilamente y ver la verdad que puede haber en cada uno, respetando los diferentes puntos de vista…”

            Otro grupo de un sector de la sala daban voces desautorizando todo lo que allí pasaba y hablaban entre ellos:

            -“Aquí no queda más solución que alguien establezca unas normas, se impongan unos principios y se ajuste todo el mundo a ellos; el que no quiera hacerlo, que se atenga a las consecuencias, porque lo que no se puede permitir es que cada uno quiera salirse con las suyas y no nos entendamos nadie…”

            La verdad es que todos llevaban un poco de razón.

            En un momento, en el que llegó a convefrtirse la sala en un ruido ensordecedor, porque nadie se  escuchaba y todos gritaban sin atender lo que los otros decían… de repente se callaron todos y se hizo un silencio sepulcral que nadie se atrevió a romper durante varios minutos.

            En ese silencio, se levantó un anciano encorbado y dirigiéndose a la asamb lea dijo:

-“Señores ilustrados: he estado escuchando a cada uno de los que andaban por ahí gritando y veo que todos tienen una parte de la verdad, pero me doy cuenta que, todos creen que tienen la verdad absoluta y están como el que se ha quedado mirando fijamente al sol y, cuando aparta la mirada, se queda imposibilitado para ver otra cosa que no sea la luz de “su” sol que lo ha dejado ciego.

            El ser humano tiene luz, pero también tiene sombras, y es en ese contraste donde descubre la belleza de la vida; si se encuentra cegado por su luz, no puede ver la belleza que hay en los otros, o si se encuierra en su oscuridad, tampoco puede ver la luz que hay en los otros. Por eso, el ser humano, para encontrarle sentido a la vida y poder valorarlo todo en su justo medio, necesita de luces y de sombras, pues con las luces puede ayudar a construir el mundo y con las sombras se hace más humano, comprensivo y tolerante.

            La búsqueda de la verdad consiste en aceptarnos a nosotros mismos, en aceptar que podemos equivocarnos, porque no somos poseedores de toda la verdad y, sobre todo, en eliminar todos los intereses que se nos presentan, con el sol al que miramos y nos deja ciegos. Esto supone hacer constantemente un acto de conversión”

            La asamblea se levantó aplaudiendo y cada uno se fue a su casa poniendo en tela de juicio, todo lo que se creía saber.  

**+**

            Cuando vemos el espectáculo diario que nos están sirviendo nuestros dirigentes, no hago otra que pensar, ¿y no habrá nadie en este pueblo que sea capaz de pararlos y decirles que dejen de mirar cada uno a su “sol”, que los tiene ciegos, y se dediquen a mirar al pueblo que cada vez se hunde más en la sombra?

            Pero como esto parece que se ha puesto de moda, pues si lo hacen los de arriba, ya podemos imaginar lo que hacen los de abajo; también me pregunto: ¿Qué necesitaremos todos para detenernos un mopmento y darnos cuenta que, mientras no hagamos todos lo mismo, esto no nos lleva a ningún sitio? Lo único que haremos es ahondar más las distancias, afianzar más las divisiones.

"NO HAY MAL QUE POR BIEN NO VENGA" ( M. Bruque)


 
Con frecuencia, cuando las cosas van mal, parece que todo se confabula y unas cosas parece que atraen a otras y vienen rachas en la vida en las que todo se sale de carril y nos vienen hasta malos pensamientos: en culturas más primitivas inmediatamente llegan a pensar que alguien está haciéndole el mal a una persona o a una familia y en otras, no tan primitivas, se llega a decir y a sentir que alguien está haciendo “mal de ojo” y cosas de esas.

Este es un tema que, por muy adelantados que nos las demos, en todas partes ocurre y queda siempre en el aire la incógnita, aunque digamos que no creemos en esas cosas.       

Pero más allá de esto que queda fuera de nuestro control, nos encontramos con la realidad de la vida, que muchas veces se nos vuelve todo en contra y nos venimos abajo, porque no salen adelante nuestros planes, sin darnos cuenta que nunca es la realidad  con una sola dimensión, ni tampoco lo que tenemos o hemos  organizado es lo que más nos conviene y lo que nos va a hacer felices, hasta el punto que en muchos momentos es necesario que nos demos un golpe contra la realidad para reaccionar y salir del atolladero en donde nos habíamos metido y que nos podía llevar a la ruina.

            Es muy bueno que en momentos como los que estamos viviendo, en donde parece que todo se pone patas arriba, seamos capaces de descubrir todo lo bueno que la situación nos ofrece y que habíamos olvidado. 

            A este respecto recuerdo una historia muy sencilla que se cuenta por ahí de alguien que iba en un barco; se adentró en alta mar y le cogió una tormenta terrible que lo destruyó; tan solo logró salvarse uno de los marineros que logró cogerse a una tabla y las olas lo llevaron hasta un islote solitario y deshabitado.

            Cuando logró poner los pies en tierra dio gracias a Dios de sentirse a salvo pero había perdido la noción del espacio y no sabía dónde había llegado.

            Pasó la noche y a la mañana siguiente se dio una vuelta para ver si vivía alguien y poder preguntarle dónde se encontraba, pero en un par de horas le había dado la vuelta a todo el islote y no encontró más que pájaros. Estaba solo y perdido en medio del océano. Se dedicó a inspeccionar para ver si encontraba alguna fruta o algo para comer o algún manantial de agua para beber y encontró algunas cosas y un hilito de agua que fue su salvación.

            Cortó unos troncos e hizo una pequeña cabaña para guarecerse del sol y de la lluvia y allí guardaba las poquitas cosas que tenía para alimentarse.

Todas las mañanas se levantaba y se daba un paseo por la playa oteando el horizonte, para ver si pasaba algún barco y podía hacer señales, pero no se veía a nadie.

Una de aquellas mañanas, se dejó encendido el fuego que había hecho y, mientras se daba el paseo de costumbre, el viento sopló y se incendió la choza que se había hecho. Cuando volvió se encontró convertido en ceniza todo lo que tenía. Desconsolado gritó a Dios: “Señor, Tú que te haces llamar Padre, ¿Cómo no te das cuenta de este hijo que te clama a diario y vienes en su ayuda?

Aquella noche se sentó desesperado y renegando de Dios que guardaba silencio y no le escuchaba. A la mañana, cuando el sol despuntaba por el horizonte, llegaron en una lancha cuatro hombres que venían a rescatarlo. Perplejo y sin encontrar explicación les preguntó:

-¿Y quién les dijo a ustedes que yo estaba perdido e invocando a Dios que alguien viniera a socorrerme?

- Usted mismo –le contestaron- vimos el fuego que hizo y nos dimos cuenta que pedía auxilio. Aquí nos tiene.
 

La vida suele tratarnos así y, con mucha frecuencia, no es sino a través de un golpe duro cuando nos despertamos y nos hace rectificar posturas que habíamos aceptado y en las que nos habíamos acomodado. De ahí el refrán que reza: “No hay mal que por bien no venga”.
Como somos muy dados a olvidar la huistoria y coger caminos que, al olvidarla, nos vuelven a llevar al mismo sitio y la repetimos con frecuencia. Estos momentos fuertes de la vida, nos hacen ver con claridad el camino que abandonamos y que nunca debimos dejar.

viernes, 19 de abril de 2013

DIOS ES SOLIDARIDAD ( M. Bruque)


  
Volvimos a encontrarnos en la clase y quise retomar el tema que dejamos el otro día en el aire
Hoy fui yo quien abrió el tema y les conté la historia real que acababa de compartirme una persona amiga.
Me contaba que se sentía triste y preocupada.  Quise contarles el caso para que fueran los mismos chavales los que me dieran la respuesta a lo que el otro día me planteaban.
Me cuenta esta persona amiga que, lleva observando a una familia muy pobre, de esas que existen escondidas en los pueblos, que no aparecen por ningún sitio, que no aparentan ni dejan traslucir la tragedia por la que atraviesan... De esa gente que, a pesar de llorar por dentro, sonríe por fuera y es afable y servicial con todo el mundo.
La esposa llegó a su tienda y le pidió un pan y unos tomates; era lo único a lo que alcanzaban los 1´20 € que tenía, para poder comer ella, su esposo y los tres hijos que tienen.
Al verla, con la tristeza que le marcaba el rostro le preguntó:
-¿Qué te pasa?
-“Me encuentro muy mal, ya no nos queda nada, nos hemos comido todo lo que teníamos, mi marido no encuentra trabajo, lleva así cuatro años, ya no tenemos derecho al paro, a mí me da vergüenza pedir más en Caritas, ya no sabemos qué hacer, debemos dos meses de alquiler y ya nos ha venido la orden de salida de la casa vieja donde vivimos, que tú conoces… Tenemos que salir esta tarde y no sabemos dónde vamos a dormir esta noche”.
-“Le he llenado el cesto –me contaba la dueña del establecimiento- y le he dicho que vuelva mañana a llevarse lo que necesite…”
Pasado el mediodía vuelve a llamarme para contarme el episodio completo:
-“Mira –me dice- cuando la vi salir de la tienda llorando, con su cesto en la mano, se me partió el alma. Después de comer me he ido a su casa, he visto la situación de desamparo en la que se encuentran, todos llorando, sin saber qué hacer, en una absoluta indefensión y sin encontrar un trabajo para poder vivir dignamente… Me he ido al dueño de la casa que, malhumorado, me ha dicho que él no está para sostener a vagos; le he dicho que le dé un trabajo para que puedan pagar siquiera el alquiler y, como no he podido hacerle entrar en razón, eché mano a mi cartera y pagué los 500 € que deben de los dos meses. Me he ido después a la casa y les he dicho: No se os ocurra sacar nada de aquí. Ya está el alquiler pagado.
Se me han colgado todos, llorando, abrazándome, y allí me los he dejado llorando.  ¿Tú qué opinas, Meli?”
No me ha quedado más que una palabra como respuesta: ¡Que Dios te bendiga!
Ese es el único testimonio válido y comprensible que entiende el ser humano y que nos hace creíbles. Lo que dice sabiamente el refrán popular: “Obras son amores y no buenas razones”.

Ahora, pensando despacio, veo en estas dos personas: la que se ve entre la espada y la pared y la que se le remueven sus entrañas de misericordia y sale al paso, esa cantidad inmensa de gente que sufre en silencio y no da a conocer su dolor y, la otra cantidad enorme de gente que comparte su vida sin estridencias y sin bombo ni platillos y, gracias a ellos, más de medio mundo puede subsistir.
Pero junto a estos dos casos, que muestro de primera mano, que son un reflejo del dolor de Cristo, que vive su viacrucis y, del amor de Dios que se hace presente, en tanta gente buena como ésta de la narración, nos encontramos en el otro extremo la imagen de los cínicos, de los epulones, de los asaltantes, de los ladrones, de los que no tienen conciencia y se burlan del pueblo, avasallan al pobre, prefieren dejar vacía y hundiéndose una vivienda, antes de que otro la pueda usar, no les importa el dejar en la calle a una familia, se roban el dinero de los pobres, destruyen los puestos de trabajo y dejan hecho un solar en ruina una nación… mientras se llevan los millones y dejan en la miseria a un país y ellos, con grandes sueldos sacados del pueblo, ocupan portadas de periódicos y primeros titulares de noticias en todos los medios de comunicación…
Estos mismos son los que incitan al pueblo a que pierda, incluso,  su confianza en Dios, a que le vuelva la espalda, para que, el único consuelo y la única fuerza que le queda para levantarse, también lo pierda y se sienta hundido y sin remedio.
El gesto de esta persona es una especie de grito de esperanza y de alegría: en esta persona quedan retratadas los millones de personas que están haciendo posible la vida en este mundo, y su gesto se convierte en una denuncia de los otros millones que son la vergüenza de este mundo.

DIOS NO ES UN FANTASMA (Melitón Bruque)


 
Estos días discutíamos en la clase de historia de las religiones con los muchachos y, la gran mayoría de ellos, gritaban y decían barbaridades, porque –según ellos- “Si es verdad que existe Dios, no puede permitir que dejen en la calle a todos esos que los bancos echan fuera de sus casas y los dejan sin nada… y Dios se queda tan tranquilo”.
Yo les decía que estas cosas ocurren, porque nosotros damos lugar a que los legisladores, que nosotros mismos ponemos en el poder, los dejamos que hagan esas leyes que permiten que todo eso ocurra…

Pero ellos se cerraban y decían que “Dios tiene que hacer un milagro y no permitir que eso ocurra, si es que es verdad que existe y es todo amor, como dicen los curas”. Si no lo hace, es que eso es un rollo 

En plena  discusión se me agolpaban muchas ideas, pero ellos hablaban todos a la vez y no había cómo reconducir un razonamiento; cuando ya pudimos serenar el ambiente, pude contarles aquella historia del joven inquieto que –como ellos- deseaba encontrar a Dios y seguir sus huellas; alguien le había dicho que, cuando llegara a encontrar a Jesús, sería tan grande y poderoso como él, que podría hacer los mismos milagros y hasta cambiar el mundo, si es que se lo proponía.

El joven, entusiasmado, se dedicó a buscar a Dios en todas las iglesias, a leer todos los libros que caían en sus manos, intentando dar con la clave que lo hiciese parecido a Jesús.

Un día se acercó a un sacerdote anciano y le preguntó dónde podría encontrar a Jesús, pues quería seguirlo hasta las últimas consecuencias. El sacerdote le aconsejó:

-“Date una vuelta por la ciudad y observa todo lo que encuentres a tu alrededor, ahí te vas a encontrar a Jesús a cada paso”.

El joven se marchó e hizo caso al anciano sacerdote: estuvo varios días dando vueltas por la ciudad, observando detenidamente todo lo que veía, pero cada día volvía a su casa más indignado y asustado.

A la semana volvió a encontrarse con el sacerdote que le preguntó:

-“¿qué encontraste en tus paseos por la ciudad?”

-La verdad es que lo que vi fue un infierno, en lugar de encontrarme a Jesucristo

-A ver: Cuéntame lo que has visto.

- Vi cómo dos niños hambrientos y harapientos pedían limosna, mientras su madre, una extranjera, los vigilaba en una esquina. Yo pensaba: estos niños deberían estar en la escuela… pero sus mismos padres los están explotando.

Un poco más adelante vi cómo a una anciana, un joven se acercó por detrás, le dio un empujón, la tiró al suelo, le robó el bolso que llevaba y salió corriendo… yo me sentí lleno de rabia al ver el atropello, y me dio mucho coraje ver la maldad de aquel joven y la pobre anciana rodando por el suelo sin ayuda de nadie, por un momento pensé que podría ser mi abuelita o mi misma madre.

Vi también cómo un hombre lo había atropellado un coche que salió huyendo y, el pobre se quedó tirado en la calle, chorreando sangre por la pierna, sin poder andar… ¡y nadie se acercó a ver lo que le había ocurrido!, mientras tanto, el pobre hombre daba gritos de dolor; el conductor del coche es un chuleras que yo conozco.

Entonces el sacerdote anciano preguntó al joven inquieto:

-¿Y qué hiciste con esos niños que pedían limosna y que te diste cuenta que eran explotados?

-¿Y qué quiere usted que hiciera?

-Hombre, podías haberte acercado a un policía y denunciar lo que estaban haciendo con esos niños…

-Sí, ¿Qué quiere, que luego me cojan los de la mafia y me hagan algo?

-¿Y qué hiciste con la anciana que le empujaron y le robaron?

-Yo esperé que viniera algún policía, pues no iba a meterme yo por medio, para que creyeran que era yo quien la había robado.

-¿Y con el que atropellaron y daba gritos de dolor?… ¡denunciarías a la policía al tipo que lo atropelló, pues dices que lo conocías!, o, ¿tampoco?

-¡Pues no!

-¿Entonces?

-Entonces… usted ya sabe: luego hay que ir al juicio, esto te complica la vida, quedas mal con la familia del que lo atropelló, que es una gente peligrosa…

- Es decir: te dejaste tirado en la cuneta tres veces a Jesús, mientras tanto, andas buscándolo de iglesia en iglesia, esperando que vaya haciendo de policía que persigue a maleantes y tú, esperando un milagro del cielo, que te arregle las cosas, te deje satisfecho y te diga que eres un santo. ¿No es eso?
 

Desgraciadamente este es el sistema que hemos montado, esta es la actitud que se ha establecido: nadie quiere saber nada de nada, todo el mundo escurre el bulto, todos cargan la responsabilidad a la autoridad competente y en último término, culpamos a Dios de que la misma autoridad competente escurra el hombro ante los atropellos y las injusticias realizadas en plena calle a vista de todos; podemos ver que, incluso, nada es real y evidente, ahora todo es “presunto”  y esperamos que venga Dios a arreglarnos las cosas; que haga algo raro para que nos deje desconcertados y nos demos cuenta que estamos equivocados; pero la verdad es que nuestra equivocación es justamente esta: buscar a un Dios que no existe, esperar que él haga lo que nos toca a nosotros, exigirle que arregle nuestros entuertos y, encima, culparle de ellos, esperar que él arregle el mundo que nosotros hemos desbaratado y que tampoco estamos dispuestos a mover un dedo para arreglarlo.

En todo caso, con Él podemos contar para que nos dé toda la fuerza, la ilusión y el coraje que necesitamos para hacer frente y solucionar los problemas que tenemos.

martes, 12 de marzo de 2013

LOS PLATOS DESECHABLES (Melitón Bruque)


 
            Hoy se nos mete por todos lados una mentalidad pragmatista en la que comenzamos a ver como algo normal el que cuando una cosa la encontramos fea o demasiado vista la desechamos porque ya está pasada de moda, porque ya estamos cansados de ella o porque ya no sirve… lo malo del tema es que esa misma mentalidad la proyectamos sobre la persona y, entonces, con la misma facilidad con la que tiramos a la basura un plato de plástico, quitamos de la circulación a una persona  a la que retiramos toda nuestra atención y nuestro interés simplemente porque su figura se deterioró y su cuerpo empieza a presentar achaques; en definitiva no es más que una reducción materialista en la que perdemos de vista la grandeza de la persona y lo reducimos todo a la belleza del cuerpo y a la capacidad de responder a los esquemas prestablecidos de consumo y de  producción.
            Pero lo curioso es que nunca llegamos a convencernos que todos estamos en el mismo camino y que, sin darnos cuenta, vamos todos cayendo en esa situación, es decir: no queremos mirar la fecha de caducidad que nos ha impuesto el sistema y siempre estamos mirando la de los demás, pero no nos damos cuenta que también ellos están mitrando la nuestra.
            La historia, que responde a la realidad dibuja perfectamente lo que estamos diciendo: 

Bernabé, a sus 88 años, con unos ojos negros y brillantes, había trabajado en las minas de carbón en Asturias y por aquellos avatares de la vida, quedó viudo y los hijos se esparcieron por toda España y él tuvo que aceptar que sus últimos días tuviera que compartirlos con sus 6 hijos  viajando cada dos meses a una esquina del país donde se encontraban.
Esta vez le había tocado donde su hijo el menor, Ernesto, que tenía un niñito de 5 años. Bernabé estaba tocado con un principio de Parkinson  y le temblaba su mano derecha.
Con frecuencia derramaba la comida en el mantel o sobre su ropa al no poder sujetar su cuchara. Esto le irritaba enormemente tanto a su hijo como a su nuera Pili, que cada vez que veía cómo se caía algo sobre el mantel o la camisa le gritaba, diciéndole que si él tuviera que lavar, ya pondría más cuidado; Bernabé pedía perdón y se disculpaba y se quedaba calladito pidiéndole a Dios que se lo llevara pronto, para no ser más molestia para nadie.
Iban a salir un fin de semana de viaje y en el desayuno, Bernabé, poniendo toda su atención para no cometer un fallo con todo aquel ajetreo, en un momento tropezó la mano con la taza y derramó la leche. El viaje se desbarató y todos terminaron dándose voces.
Cuando ya se calmó la tormenta, Ernesto, lleno de ira y muy molesto, mientras iba conduciendo le dice a su esposa: “Esto se va a acabar inmediatamente que volvamos; no podemos seguir aguantando su falta de interés. Vamos a comprar una mesa, se le pone un plato de madera de esos que venden en el mercadillo los moros o de aluminio, le pones un mandil de los que utilizas en la cocina y verás como todo se resuelve inmediatamente”.
Efectivamente, en el viaje se fueron a una de esas grandes superficies  y allí le compraron una mesita  y una silla pequeñita a Bernabé y se la colocaron en la cocina donde pudiera estar tranquilo y comiera como quisiera.
Cuando llegó la hora de la comida, Ernesto cogió a su padre y simulando un gran cariño le dijo: “Yo sé que tú sufres porque no puedes comer con tranquilidad, aquí puedes estar a tu gusto y nadie te molestará…” Pero Bernabé  sentía que su hijo lo excluía de la mesa, que era tanto como marginarlo de la vida.
Un día, estando en la mesa, Ernesto extendió el brazo para coger el pan y sin darse cuenta le tocó a la  copa que tenía con vino tinto que cayó de la mesa haciéndose añicos y derramando el vino sobre el mantel y sobre el suelo. A grandes carcajadas empezó a decir: “¡¡Alegría, suerte…!” a lo que el niño se le quedó mirando muy extrañado y le dijo: “Papi, ¿por qué cuando se te cae a ti el vaso  es alegría y suerte y cuando al abuelo se le cae es un fastidio?.
A los pocos días, mientras  Ernesto arreglaba el jardín se encontró en un rincón una caja llena de platos desechables sucios y pregunta a su esposa para qué guardaba aquellos platos; la esposa le responde que no tiene conocimiento de aquella caja y, automáticamente pensaron que sería una de las manías del abuelo, que podría tener el síndrome de Diógenes y, mientras comían y hablaban del tema, el niño que escuchó que preguntaban por el origen de aquellos platos, contestó con toda tranquilidad: “Los guardo yo para que cuando se os caigan las cosas de las manos, podáis comer tranquilos en la cocina junto con el abuelito”.
Ernesto y Pili se miraron y sintieron que un escalofrío los recorrió por todo el cuerpo, pues  acababan de constatar que estaban determinando cuál sería su futuro.     

            Es triste ver cómo las personas hemos perdido la capacidad de valorar la grandeza de la que somos portadores: siempre se dijo que “La experiencia es la madre de la ciencia”, pero hoy lo hemos cambiado y la experiencia creemos que más bien es la madre de todos los vicios de la que debemos prescindir y vivir cada uno lo suyo sin importarle la vida de los demás, pero esto nos lleva a la soledad más absoluta, pues nuestra vida no interesa más que para producir y consumir, cuando pierde esta capacidad, todo lo demás estorba.

martes, 5 de febrero de 2013

“RATIBAMBA”


 
        Cuando uno llega a encontrarse en una situación como la que estamos viviendo, en donde todo esto parece una farsa de comediantes que distraen al pueblo con sus peleas, en las que aparentan que se van a destruir, pero que sabes no van a llevar a nada, porque ya hay pactado un arreglo de silencio, y todo el barullo no va a quedar en nada pues ya se encargarán de “drogar” al pueblo para se que olvide y dé por agua pasada todo lo que ocurrió y al poco tiempo vuelven los mismos, como si no hubierfa pasado nada, con toda tranquilidad, a protagonizar las mismas fechorías y burlas del pueblo.
                Recojo la parábola de un famoso escritor de la primera década del siglo XX .  (Thomas C. Douglas  1904-1986)  en la que escenifica la situación con un país al que llama “Mauseland”, nosotros lo vamos a llamar “Ratibamba”, pero este es el circo que estamos viviendo, sin darnos cuenta que no se trata de colores, sino de una “casta” podrida que perdió la vergüenza hace mucho tiempo y que vive chupando la sangre al pueblo, sobre el que se levanta proclamándose poseedora  de su voluntad, como si eso fuera una caja de bombones que se la dejan para que los cuide. La historia cuenta que: 

            Había una ciudad enorme, donde vivían todos los ratones, que se llamaba RATIBAMBA. Allí, como ocurre en todas partes, los ratones vivían, trabajaban, se divertían, llevaban la vida como podían, se ponían enfermos y morían…
            Habían montado, incluso,  su parlamento y tenían sus representantes, como hacemos todos los “civilizados” y cada cuatro años acudían a sus urnas para votar a sus candidatos que se establecían como los poseedores de la voluntad del pueblo y todo lo que hacían se llenaban de orgullo al sentirse poseedores de dicha voluntad.
            Cada vez que había elecciones, estos representantes se gastaban enormes fortunas y empapelaban el país con grandes anuncios y grandes promesas de convertir el país en un paraíso lleno de felicidad, y la verdad que todos llevaban razón, pero había algo curioso: los ratones iban cada vez a votar a unos gatos negros, enormes y gordotes que eran los que formarían el gobierno. Sí, parece muy extraño pero deja de serlo cuando lo comparamos con lo que hacemos los seres racionales “civilizados”.
            Como he dicho antes, aquellos enormes gatos negros, lo llenaban todo de promesas de bienestar y llevaban razón, porque no dije para quién era el bienestar. Ellos conducían su gobierno según su forma de ver las cosas y de acuerdo a lo que les interesaba; Entre ellos eran buenos camaradas, se cubrían las espaldas y se ponían de acuerdo para intercambiarse el poder y acordar leyes que los mantuvieran en su “bienestar”, pero en cambio, eran leyes que machacaban a los ratones y les hacían la vida imposible, por ejemplo: había leyes como ésta que prohibía que los ratones corrieran a más de la velocidad determinada  por los gatos, pues esto hacía que tuvieran un gasto excesivo de energía para tomar su desayuno cada mañana; había otra ley que no permitía hacer la entrada a la ratonera si no tenía unas medidas lo suficientemente grandes como para que el gato pudiera meter su pata sin ninguna dificultad dentro de ella.
            Efectivamente, eran leyes muy buenas, pues los gatos podían disfrutar de todos los privilegios, pero en cambio, los pobres ratones no podían soportarlo y la vida se les hacía cada vez más dura y difícil.
            Cuando ya no podían soportar más la situación, entonces las ratas que controlaban una gran masa de ratones los animaban a salir a la calle, montaban manifestaciones y alborotos públicos animados por las grandes ratas que también vivían colgadas del gobierno y celebraban elecciones.
            Se ponían de nuevo las urnas y todos los ratones enfurecidos iban a votar para quitar a los gatos negros, eligiendo esta vez a los gatos blancos para que fueran ellos los que formaran el nuevo gobierno.
            Durante la campaña, los gatos blancos habían convencido a los ratones de algo que sonaba muy bien, aunque no sabían de qué se trataba: decían que la ciudad se encontraba de aquella forma porque los gatos negros tenían una visión muy cerrada de la vida, tenían que ser mucho más abiertos y el problema se demostraba en que las puertas de las ratoneras las tenían redondas, cuando todas las puertas son cuadradas… “Si ustedes nos votan, les prometemos cuadrar las puertas de las ratoneras” y todos los ratones entusiasmados se alegraron por el gran paso de progreso que se iba a dar. Y así ocurrió: las puertas de las ratoneras dejaron de ser redondas y se pusieron cuadradas y espaciosas de forma que ya los gatos no solo podían meter una pata dentro de la ratonera, sino que podían meter sin dificultad las cuatro patas.
            Esto que le habían pintado como un gran progreso, resultó ser una trampa mortal que no los dejaba vivir tranquilos, pues los gatos lo controlaban todo. La cosa se hizo insoportable y los ratones fueron de nuevo a las urnas para volver a poner a los gatos negros y así fueron cambiando durante muchos años a los gatos blancos y negros hasta que pensaron dar un cambio radical, ya que cada vez se iban poniendo las cosas peor: decidieron poner gatos mitad blancos y mitad negros, pero el cambio fue peor, pues aquellos gatos tenían todo lo malo de unos y de otros, entonces decidieron poner gatos con manchas de diferentes colores, pues parecían más simpáticos y se adaptaban mejor a los ratones, pero en realidad no dejaban de ser gatos y pensaban, sentían y vivían como gatos aunque se camuflaban con mucha facilidad, pero luchaban como los blancos , los negros y los blanquinegros  por los mismos intereses de los gatos y no por los de los ratones.
            Por fin un día, apareció por allí un ratoncito y, en un bar, comenzó una conversación con todos los vecinos que estaban indignados, decidieron juntarse otro día para ver qué hacían y el ratoncillo tomó la palabra y dijo: “Compañeros, disculpen mi humilde palabra, pero yo no hago más que darle vueltas  a algo que no me cuadra: Yo veo que el problema no es el color de los gatos, sino el que son gatos y ellos, gobiernan para los gatos… ¿Por qué seguimos eligiendo siempre a un gobierno de gatos si los que vivimos aquí somos todos ratones? ¿Por qué no elegimos a un gobierno formado por ratones?
            ¡¡¡Oh, qué disparate está diciendo el loco ese!!!  -dijeron todos- Este es un ratón facha, contrarrevolucionario, desestabilizador del orden, fascista y dictador, que quiere volver de nuevo a tiempos antiguos…”
            Cogieron al pobre ratón, le pegaron una paliza, lo metieron en la cárcel y jamás le volvieron a dar la oportunidad de decir ni una sola palabra. 

Lo peor que le puede ocurrir a un pueblo es que pierda su capacidad de reflexión, de hacer un análisis de la realidad que vive y tomar una decisión exenta de intereses partidistas y particulares. El momento en que pierde esta dimensión de la totalidad, es como si se metiera en un pozo y decidiera ahogarse en él, dejando que los intereses particulares lo asfixiaran, pues llega a creer que nadie tiene derecho a vivir nada más que él y los que piensan como él. El problema se agrava cuando ni siquiera vive él, sino que es utilizado para defender a quien lo está encerrando en el pozo.

                A un hombre libre lo podrán meter en la cárcel y hasta matarlo, pero no podrán encadenar la LIBERTAD.

 

viernes, 25 de enero de 2013

"SI NO VEO NO CREO"


 
Uno de los grandes problemas que tenemos es el “Síndrome de  Tomás: “si no veo no creo”.
Es frecuente encontrarte con gente que confiesa abiertamente no creer en nada y considera la fe un lavado de cerebro.
Y con frecuencia montamos discusiones en las que llegamos a sentirnos mal cuando alguien no respeta y califica de estupidez lo que el otro piensa o cree, dando por resultado que haya temas en nuestra vida que no podemos tocarlos con ciertas personas, porque no están dispuestos a escucharlos ni a tolerarlos.
Este diálogo imaginario entre dos bebés gemelos en el vientre de su madre nos puede ayudar a escenificar lo que con mucha frecuencia se va repitiendo cada día con respecto a la fe y a la experiencia espiritual de Dios.
El tema se desarrolla entre dos bebés que se encuentran en el seno de su madre; uno de ellos tacha al otro de facha y retrógrado, mientras él se las da de “progre” y liberal. Ambos se encuentran felices flotando en el vientre de su madre.    
 

P - Tío, ¿Tú crees en ese rollo de la vida después del parto?

F- ¡Pues claro que sí! Yo pienso que tiene haber algo cuando salgamos de aquí después del parto. Yo no sé cómo será, pero me imagino que ahora estamos aquí preparándonos para lo que nos espera en el otro lado

P- ¡Tonterías, todos los fachas sois lo mismo, tío! No entiendo por qué tenéis que pensar en esas cosas, ¿qué sentido tiene el que haya otra vida después del parto? ¿Cómo sería esa vida? ¡Eso es absurdo, tío, eso es un rollo de fachas trasnochados que solo piensan en tonterías!

F- ¡¡Bueno!! eso es lo que dices tú, yo en cambio pienso de otra manera y creo que es posible que haya otra vida diferente a lo que aquí vivimos…

P -Déjate de estupideces y sé práctico, tío. A los fachas os gusta pensar en cuentos de hadas, en paraísos de sueños… ¿Cómo será esa vida que imaginas?

P-¡Pues no sé! Pero yo pienso que ha de haber luz y no oscuridad, estas piernas que tenemos han de servir para algo…¿Por qué no las podemos utilizar para andar y, esta boca, por qué no la podremos utilizar para hablar y para alimentarnos y con estas manos trabajar y fabricarnos nuestros alimentos…? Pienso que es posible, es más me siento feliz nada más pensar que pueda ser así…

F-Estás loco de remate, tío. Eso que dices… ¡Eso es absurdo! ¿Cómo vas a caminar? ¿En dónde? ¿Es que no te das cuenta de las tonterías que estás diciendo? Eso  es imposible. ¿Y comer por la boca? No me hagas reír ¡Pero eso es ridículo! ¿Para qué vas a comer por la boca teniendo el cordón umbilical? Entonces, ¿Para qué queremos el cordón?¡¡Estás rayado, tío!! Yo lo tengo clatro: eso de la vida después del parto es un rollo, un cuento para engañar a la gente ignorante y tenerla cogida. Me produces risa con tus ideas. ¿A dónde iríamos por ahí andando? Tendríamos que tener un cordón umbilical kilométrico…

F- ¡Vale! Puedes tomarme por loco, pero yo creo que debe haber algo y lo veo que es posible. ¿Por qué no puede haber otra forma de vida distinta a la que tenemos aquí? .

P- ¡Jooh, tío! Pero ¿No te das cuenta? ¿Es que ha vuelto alguien del otro lado? Ya lo ves,  nadie ha venido a decir cómo son las cosas ni qué hay después del parto, si fuera tan guay como tú dices ya nos lo hubieran comunicado. Si tenemos suerte, aquí pasaremos 9 meses felices y el parto es el final de la vida, de eso no se escapa nadie, esa es la única verdad. Y, pensándolo despacio, la vida tampoco es gran cosa, siempre en la oscuridad, siempre pensando en alimentarnos, una existencia sin sentido ni ilusión, pues esto no lleva a nada.

F- Bien, yo respeto todo lo que dices y lo que piensas; yo no puedo explicar lo que no sé ni he visto pero prefiero pensar, sentir y esperar que aquí no acaba esto y que lo que yo siento ha de tener una respuesta.

P-¡Lo que yo digo! Eres un soñador, un iluso, un pobre tonto.

F- Yo sueño con encontrarme con mamá

P-¿Con quién?

F- Con mamá. Ella nos quiere, ella nos sonreirá, nos abrazará y nos mimará

P-¿Pero es posible que creas en ese absurdo? ¿Quién es mamá? ¿Dónde está? Si existiera de verdad ¿crees que nos tendría aquí solos, sin dejarse ver, expuestos siempre a que nos ocurra algo? Aquí estamos porque la naturaleza nos trajo y tenemos fecha de caducidad. ¿Dónde está eso que tú llamas mamá?

F- ¿Dónde? ¡Yo siento que ella nos rodea, vivimos en ella, respiramos y nos alimentamos de ella, somos su misma carne, tenemos su misma vida… sin ella, todo esto que nos rodea no existiría. 

P- Tío no sigas, esas tonterías que dices ya me están molestando, eso que dices repugna a la inteligencia y a cualquier mente abierta. Yo no creo en sueños, en tonterías, todo eso que me dices es una tontería, eso no existe. ¡Yo no me lo creo!

F- Bueno, yo no te obligo a que creas, pero déjame que yo exprese lo que siento: a veces, cuando estamos en silencio, yo puedo oírla cantándonos o la siento cómo nos acaricia, cómo pasa su mano sobre nosotros, y nos llama. Incluso siento que tenemos otros hermanos que nos esperan.

P– Mira, corta el rollo, tío, ya me siento molesto, no tolero esas estupideces.
 

            Ahí terminó la conversación, ya que el “bebé progre” se puso molesto y decidió no hablar de estos temas con su hermano.
            Al mes siguiente les llegó la hora del parto y ambos bebés salieron a este mundo y se encontraron con la gran sorpresa de una madre encantadora que los abrazaba, los besaba, un padre que los miraba enternecido y una familia que festejaba jubilosa el nacimiento de aquellos dos niños.
            El bebé “facha” sintió que su esperanza y sus “sueños se habían cumplido y se sintió feliz, mientras que el “bebe progre” se quedó sorprendido y al mismo tiempo avergonzado y arrepentido de todo lo que se había perdido en su antigua vida, pues la había vivido sin encontrarle sentido.