jueves, 10 de abril de 2014

EL VALOR DE LAS COSAS


En un mundo en el que vivimos en el que el dinero ha llegado a establecerse como el único canon de valoración de las cosas, el gran peligro que tenemos es el de perder la capacidad de valora el sentido, el significado, la grandeza y la belleza de las cosas y hacemos reducciones a lo estrictamente pragmático. Es cuestión de que observemos cómo  ante cualquier cosa que se nos presenta: el aprendizaje de algo, una conferencia,  ciertas asignaturas en el curriculum escolar, incluso la misma catequesis que damos en las parroquias hay mucha gente que inmediatamente se pregunta: ¿Y para qué vale eso? O traducido en otras palabras: ¿Qué ventajas económicas me va a reportar eso?

         Y es una pena, porque cuando perdemos esa capacidad de valorar lo grande, lo bello, lo simbólico… estamos perdiendo  la alegría y la belleza de más de la mitad de la vida.

         Estoy recordando una historia muy sencilla, pero muy bonita, de alguien que escribió por ahí en las redes  y que expresa de una  forma muy  clara lo que estamos tratando: 

         “Cuentan que la señora de un gran magnate tenía que asistir a una de esas cenas y fiestas de gala  en las que las grandes señoras lucen sus mejores joyas y vestidos de las mejores firmas; se había comprado un vestido especialmente diseñado en exclusiva  para ella por el  mejor modista del país; esperaba dar la nota en el encuentro y deslumbrar a toda la concurrencia, pero le faltaba un complemento importantísimo: el tocado de la cabeza con un sombrero adecuado al vestido que llevaba; visitó todas las casas de modas buscando el sombrero que hiciera juego con su vestido y no lo encontró por ningún sitio.
         Por fin decidió ir a consultar con uno de los modistas más importantes del momento y le expuso su problema. El modista la examinó, vio las fotos que le llevó del vestido y después de un breve análisis cogió un trozo de tela, le envolvió la cabeza y le hizo un lazo quedándole un tocado precioso combinando con el peinado.
         La señora se miró al espejo y se quedó sorprendida ante la belleza y el estilo con el que el artista había adornado su cabeza. Efectivamente, eso es lo que yo andaba buscando –exclamó llena de alegría-
         Después de alabar la maestría y el buen gusto del artista llegó el momento de tasar el tocado: “Bueno señor, usted dirá cuánto le debo por el lazo que me ha hecho”
         -No, es poca cosa: el estudio que le he hecho más el lazo se lo dejo todo solo en  100 €
         -¿Cómo? ¿Solo en  100 €? ¿Usted cree que un trozo de tela como el que me ha atado a la cabeza puede valer  100 €?
         - No se preocupe, señora, esto está resuelto inmediatamente.
         El modista cogió el lazo, lo deshizo, lo envolvió cuidadosamente y se lo entregó a la señora  diciendo:
         -Tome usted la tela, se la regalo, pues es verdad: esto no vale para nada, pero desgraciadamente es lo único que usted valora.

         Si nos damos cuenta, es exactamente lo mismo que nos pasa a todos cuando perdemos  el sentido profundo de las cosas que nos rodean: los detalles en casa, lo que nos hacen los amigos o los vecinos; el trabajo que realizamos… Hay cosas que el material no vale nada y lo que realmente tiene un valor incalculable no es material;  si no estamos capacitados para verlo  y valorarlo, nos perdemos la gran alegría y la belleza de más de la mitad de la vida.

         Afortunadamente para unos y desgraciadamente para otros, las cosas más grandes de la vida y las más entrañables de la persona no es el dinero el que puede determinar su valor

sábado, 1 de marzo de 2014

DIFERENTES PUNTOS DE VISTA


 
Estamos viendo una realidad que ocurre en todos nuestros pueblos y ciudades: en todos nos encontramos un  lugar donde todas las tardes se reúnen los hombres ya mayores y los que están parados y allí hablan de todo y dan sus opiniones; en muchos lugares a este lugar  le llaman “Parlamento”, en otros “lavadero”, en otros “mercadillo” y en alguno he oído que le llaman “gallinero”, de todas formas todos tienen una cosa en común, allí se habla sin orden ni concierto, se critica y se sacan todos los chismes del pueblo,  nadie escucha las razones del otro y nunca se saca nada en claro, pues en todos hay una cosa en común: la voz cantante la lleva siempre el que da más voces, no el que expone con sensatez los argumentos. Esto suele ocurrir también en algunos bares.

         En estos tiempos es muy común escuchar los análisis políticos que hace la gente sobre la realidad: concretamente el otro día en el bar, tres hombres hablaban de la situación que estamos atravesando y cada uno miraba desde un ángulo y defendía su teoría desde su punto de vista político:

         -Uno hablaba de España y decía que aquí no podemos tener miedo a nada, puesto que teníamos “aceite para freír  a todo el mundo” y con la agricultura que tenemos en Almería  nos reímos del mundo, y con nuestras playas que son la envidia del mundo entero… “El miedo nos lo está metiendo la derecha que teme que le quiten el poder”

         -El otro le discutía diciendo que Europa le teme a España “porque tiene universidades en todas las capitales y hay posibilidad de que todos los jóvenes tengan una formación superior a ningún país de Europa y es por eso por lo que Europa le hace la vida imposible…”

         El otro dogmatizaba diciendo que España desde siempre ha sido el país que más hombres sabios había dado al mundo y ponía como ejemplo a Cervantes, a Calderón de la Barca y al cantante Raphael, que es el gran fenómeno admirado por Rusia, pero la izquierda no lo quiere porque lo promocionó Franco…

         Allí se quedaron discutiendo y dando voces arreglando el país y yo, mientras me tomaba el café los escuchaba, me daba risa y sentía pena, porque desgraciadamente así es como arreglamos  nuestra situación; parecido a la discusión de montaron aquellos tres ciegos que,  animados por la propaganda de un circo que llegó al pueblo, uno de ellos fue a observar  del atractivo del circo: un enorme elefante que se dejaba hacer lo que el público quería.

         Subió el ciego al escenario porque quería saber qué era un elefante y lo pusieron delante; el ciego extendió sus manos y le tocó la cabeza con sus enormes orejas y sus dos colmillos que le salía cerca de una boca pequeñita. Quedó impresionado de lo que había conocido y fue a contárselo a sus otros  dos amigos ciegos que les hizo sentir la curiosidad y al día siguiente fueron al circo a palpar ellos el elefante. Cuando llegó el momento, los subieron y a uno lo pusieron a un lado del elefante y al otro en la cola; El que estaba al lado tocó al animal y sintió que la mano se hundía en una piel, le dio unos golpes con el puño y sentía que los pelos se le envolvían entre los dedos. El que estaba detrás se cogió a la cola del animal y comenzó a balancearse con ella.

         Los tres volvieron al día siguiente y empezaron en el “parlamento” a contar a los amigos lo que era un elefante: uno decía que era un árbol del que salían dos ramas y del que colgaban mantas para que se secaran.

         El que se puso al lado y estuvo dándole golpes en la panza decía que un elefante era un enorme tambor cuya piel tenía los pelos hacia afuera.

         El tercero decía que un elefante era una cuerda gruesa y muy fuerte que colgaba de un andamio con una brocha de pintar en la punta que sirve para balancearse y la brocha imaginaba que sería para embadurnarla de pintura y subirla con la cuerda el pintor que estaba sobre el andamio.

         Allí se montó una fuerte bronca y casi llegan a pelearse, pues se insultaban llamándose imbéciles, mientras el resto de gente se reía, hasta que alguien les dijo lo que había pasado: cada uno había tocado una parte de la realidad, pero el elefante entero era otra cosa, pero ni aun así se quedaron convencidos.

 

miércoles, 5 de febrero de 2014

NOSTALGIA DEL PASADO (Melitón Bruque)


            Ocurre con mucha frecuencia, cuando nos encontramos un grupo de gente mayor, que alguien sale recordando tiempos pasados y, automáticamente, todos se enganchan en el tema contando lo que se hacía en otros tiempos y que ahora resulta imposible; ahora todos añoran muchas cosas de las que se perdieron y ven que hemos renunciado a algo importante, sin poner otra cosa mejor en su puesto,  y lo que está resultando de este cambio, es tristeza y desánimo, pues no le llena a nadie y estamos viendo que lo que perdimos ya no volverá, por ejemplo: aquellos momentos en que en torno al fuego se contaban cuentos e historias de lobos, o de bandoleros que se habían echado al monte… o en otros tiempos más cercanos, cuando era considerado una falta de educación levantarse de la mesa antes de que lo hicieran todos y en torno a la mesa se charlaba de todo y en la sobremesa se comentaban todos los problemas; o cuando los vecinos se sentaban a la puerta de la casa y se pasaban largas horas charlando, contando chistes, compartiendo… de tal forma que se sentía el calor de la vecindad hecha familia.

            Todos concuerdan en que aquel ambiente nos hacía sentirnos más humanos, más cercanos, más solidarios y, sobre todo, menos solitarios… y mucha gente dice: “Ahora que lo tenemos todo, nos sentimos más solos, más tristes, menos felices…”

            Y uno se pregunta: ¿Se puede considerar progreso a algo que nos lleva a aislarnos, a considerar a los demás como extraños y hasta como enemigos de los que no nos podemos fiar, a sentirnos solos, insatisfechos e infelices?

            Todo esto, estamos viendo cómo se ha venido perdiendo poco a poco y dando paso a un sistema de vida estresado, que te impide tomar conciencia de la vida que se desarrolla a nuestro lado y de la que formamos parte: hay tal cantidad de cosas que acontecen al mismo tiempo, tal velocidad a la que se suceden las cosas… que es imposible sentirte parte del entorno. Las cosas ocurren y pasan sin que seamos conscientes, la vida va pasando y atropellándonos, sin que nosotros podamos dejar nuestra huella, ni la vida pueda dejar la suya en nosotros y, todo es por el sistema que hemos montado,  sin darnos cuenta y, por establecer ciertos valores materiales que no tienen que ver nada con la vida que nos envuelve.  

Estoy pensando en Edmundo, un hombre que yo conocí; no se había casado pues decía que no quería complicarle la vida a nadie y no soportaba que alguien sufriera por su culpa; tenía un huerto donde criaba sus hortalizas y todo lo que necesitaba para vivir; tenía también unos animales: gallinas, conejos, un cerdo y una cabra que le daba la leche y de la que hacía cada semana un pequeño queso, suficiente para él, la alimentaba con la hierba que se criaba en el huerto.

            Edmundo cogía cada mañana, después que hacía sus cosas, su burro, lo arreglaba y se iba al pueblo, que estaba a tres kilómetros, para tomarse su cerveza con los amigos; de paso, la gente de la aldea que tenía alguna urgencia, le hacía los recados y volvía a la hora de comer a su casa.

            Poco a poco fueron aumentándole los encargos y la gente le pedía  que se los hiciera, pagándole alguna propina; para hacerlo más rápido dejó el burro y se compró una motillo; como la cosa se hacía más rápida, le puso un equipaje a la moto con dos maletas a los lados y, como le sobraba espacio,  se pasaba de camino por otra aldea que había al lado recogiendo encargos.

            Edmundo hacía todo esto de forma completamente gratuita, simplemente por hacer un servicio a la gente, pero pronto empezaron a aconsejarle: “¡Pero hombre, no hagas el tonto de esa manera!, cobra como mínimo la gasolina;  más adelante otros le decían: tu tiempo vale también dinero y la responsabilidad que tienes…

Total, Edmundo empezó a incorporar cosas y, cuando quiso acordar, su libertad estaba limitada; cuando empezaron a encargarle cosas más voluminosas y pesadas, ya no podía llevarlas en la moto y se buscó una furgoneta de segunda mano y empezó a pensar que ya que hacía esto, podía hacer el servicio a otras aldeas un poco más lejanas… Poco a poco se convirtió en una pequeñita empresa de mensajería y Edmundo dejó de disfrutar del campo cuando iba montado en su burro, dejó de conversar con sus amigos mientras se tomaba la cerveza, dejó de ir a encontrarse con sus vecinos cuando iba a recoger los encargos, tuvo que declarar su trabajo en Hacienda, a quien tuvo que presentar la declaración cada tres meses, ya no tenía tiempo para nada ni para nadie, siempre andaba agobiado y preocupado y había muchos días que no comía,  pues la exigencias eran mayores que la capacidad de respuesta que tenía. Edmundo se fue aislando, empezó a sentirse solo y terminó con un infarto que le llevó a vender la furgoneta, la moto, y a volver a sentarse a charlar tranquilamente con sus vecinos y a observar las flores de su huerto que hacía mucho tiempo no les había dedicado unos minutos de atención.
 

            ¿a cuántos de nosotros no nos puede estar ocurriendo la historia de Edmundo? Sin darnos cuenta nos vamos embrollando en un montón de cosas y cuando queremos acordar perdemos la alegría de la vida y el poder disfrutar de nuestra familia, de nuestros amigos, de nuestro trabajo… y cuando miramos y vemos los resultados, lo único que constatamos es tristeza y soledad en nuestro entorno: no somos mejores que antes ni más felices.

 

viernes, 13 de diciembre de 2013

PAGINA DE MI DIARIO


EL NIÑO DE LA AVENIDA AMAZONAS

Navidad 1981

 
Estaba un  poco agobiado pues se me juntaron muchas cosas y el tiempo lo tenía muy escaso; me habían pedido un informe  que tenía que entregar en el Ministerio de Educación para que me concedieran un profesor para el colegio. Estábamos ya en los días próximos a la Navidad y urgía entregar toda la documentación.

Con el fin de estar a primera hora de la tarde en el Ministerio, me fui a comer algo ligero en  un restaurante de la Avda. Amazonas .

            Me senté en la mesa y cogí mi cuaderno para ir anotando lo que tenía que preparar mientras me atendía el camarero; cuando estaba   tomando algunas notas, siento que algo me toca el hombro, vuelvo la cabeza y  veo a un niño descalzo, con una camisa muy sucia que me dice despacito:

-          Señor, regáleme usted un "pansito" con un poco de queso…”

Me quedo mirándolo y le digo, como para excusarme: “No tengo…” pero su cara me desarmó, pues no me dejó terminar la frase, que hubiera sido una mentira flagrante.

-          “Es que tengo mucha hambre…”

-          “Vale, -le contesté- Pero hagamos un trato ¿Sí?: dime qué quieres comer, te sientas aquí conmigo, te lo comes calladito y te marchas ¿de acuerdo?

-          ¡Gracias, patrón! ¿Pero me regalará el "pansito" con queso que le pedí?

-          OK. Ya se lo aviso al mesero.

Inmediatamente se acercó el camarero y lo cogió de un brazo para sacarlo por la fuerza mientras lo insultaba.

-          No, déjelo. – le dije- Va a comer conmigo en mi mesa;  sírvale una pizza con un buen vaso de jugo de naranja y a mí, sírvame otra pizza con una cerveza helada.

Yo seguí  escribiendo algunas notas urgentes ensimismado en mi cuaderno; el camarero trajo la comida y el se lanzó sobre ella como un depredador sobre su presa. Creo que disfrutaba con la vista y el olfato más que con la misma boca. Como vio que yo seguía  con  mi cuaderno  sin hacer aprecio de la comida, me interrumpió con la boca llena:

-          Señor, ¿Es que no le gusta la comida? Está muy buena.

-          Sí que me gusta, pero es que tengo que hacer un trabajo  muy urgente.

-          Y por qué no lo hace más lueguito? 

-          Es que tengo que entregarlo inmediatamente después de comer 

-          ¡Ya! 

-          ¿Y qué va a hacer cuando entregue ese trabajo?

-          Me voy a mi tierra para abrir una escuela para niños como tú.

-          ¿Y en su tierra van los niños a la escuela?

-          ¡¡Claro!!  Tú también vas ¿No?   

-          No. Yo no puedo ir a la escuela

-          ¿Cómo así? ¿Nunca has ido a la escuela?

-          No. ¿Y por qué?

-          Yo no tengo padre; bueno, no sé si tengo;  yo no lo conozco. Mi madre se fue de casa y nos dejó a mi hermana menor y a mí con mi abuelita; vino el año pasado con un señor que decía que era su enamorado y al poco tiempo volvió con otro que decía que era su marido. Ninguno de los dos era mi padre. Yo no puedo ir a la escuela, porque mi abuelita está enferma y es muy mayor; ya no puede trabajar, entonces yo, tengo que salir todos los días a pedir, a buscar papeles o lo que sea para poder llevar algo  para que coman mi hermana y mi abuelita.

-          ¿Cuántos años tiene tu hermana?

-          Cuatro años, señor. Por eso le pedí que me regale un "pansito" con queso, es para que ellas coman algo.

-          Pero bueno,  tú deberías ir a la escuela para que puedas prepararte  y seas un hombre capaz de salir adelante en la vida…

-          Yo llevo todos los días la comida a casa y cuido de mi hermanita y de mi abuela… yo soy un hombre así como usted dice.

-          Pero a ti te debe gustar ser un hombre grande, capaz de hacer cosas grandes en la vida y para eso hay que prepararse…

-          Sí, a mí me gustaría  ir a la escuela y ser maestro para enseñarle a los niños a ser trabajadores y a cuidar de  sus padres y de sus hermanos, yo  pienso muchas veces en esas cosas, pero  eso  es  imaginaciones que uno se hace,  como cuando  me acuesto por la noche, o muchas veces cuando estoy con mi abuelita y mi hermana… Mi abuelita calienta una olla de agua, le pone un poco de sal y nos dice: “Ahora vamos a cerrar los ojos, y vamos a imaginar que metemos en la olla… que cada uno meta lo que quiera y cada uno vamos diciendo lo que imaginamos que metemos… un pollo, un pescado, fideos, ternera, arroz… cada uno mete lo que más le gusta y cuando  nos pone la sopa calentita, parece que sabe mejor.

Yo vivo siempre imaginando que mi papá quiere mucho a mi mamá y vive en casa con ella, que juega con mi hermanita y conmigo, que nos llevan al colegio y cuando volvemos a casa nos esperan y nos abrazan…

Ahora,  cuando llega la Navidad, yo imagino siempre cómo sería si en casa estuviéramos todos juntos: mi mamá podría cuidar a mi abuelita y todos juntos podríamos arreglar el pesebre y cantarle villancicos al Niñito Dios… Pero eso no puede ser, eso es la imaginación.

            Yo ya no podía aguantar el seguir escuchando  el relato del niño; me sentí el hombre más ridículo del mundo, que no merezco que Dios me tenga en la vida.

            Llamé al camarero, le pedí que preparara un pollo asado de los más grandes que tuviera, que pusiera tres buenas raciones de arroz y las preparase para llevar.

            Cuando el niño cogió la bolsa con la comida que había preparado el camarero, se quedó mirándome y se dibujó en su rostro un gesto de felicidad que solo Dios es capaz de dibujar en una persona y con una lágrima de alegría cruzándole la car me dijo:

-          “Gracias, señor, usted es muy bueno; mi abuelita, que sabe muchas oraciones, esta noche rezará una a Taita Diosito para que lo bendiga”

 

miércoles, 11 de diciembre de 2013

CÓMO LLEGARON EL BUEY Y EL ASNO AL PORTAL

Es muy posible que en estos días, a medida que se van aproximando las fiestas de Navidad, nos vaya invadiendo un sentimiento de tristeza, de nostalgia, de insatisfacción… con una sensación de que todo el montaje nos lleva a algo que no nos satisface.
Ayer mismo, dos personas amigas me decían: “La Navidad es el momento que peor me siento, pues me falta toda la gente que quiero…”; la otra también me decía: “Si pudiera dormirme y amanecer el 10 de Enero, me sentiría feliz…” y ¿Cuántos de nosotros no hemos dicho alguna vez algo parecido?: “Me gustaría levantarme cuando todo hubiera pasado”
            La realidad es que la celebración de estas fiestas nos deja a todos insatisfechos, porque vemos que el hecho fundamental: el nacimiento, el crecimiento y el cultivo del amor, de la verdad, de la amistad, de la fraternidad  y de la paz, es lo que menos se celebra y, en el fondo, es lo que todos añoramos y vemos que, a todos nos faltan aquellas personas que nos dejaron huellas de todo eso que echamos en falta.
            En cambio ahora, estamos viendo que lo que se celebra es otra cosa: es el momento en que mucha gente alardea del poder que tiene; otros andan buscando el boato  y la apariencia… pero al final, todos, en el fondo, lo único que nos hace felices y que echamos de menos es la sencillez, la cercanía, el perdón, la comprensión la escucha, la amistad… y es que eso es NAVIDAD.
            Hay por ahí una historia  muy bonita que cuenta el momento del nacimiento de Jesús en el establo y, como hacía mucho frío, los ángeles salieron a buscar quién podía acercarse a arropar al Niño: se acercaron a los habitantes de Belén y dijeron que ellos tenían muchas cosas qué hacer y no podían estar allí perdiendo el tiempo, que si sus padres no podían cuidar al Niño que no lo hubieran traído al mundo; entonces los ángeles se acercaron a los animales: se fueron ante el león y le invitaron a que se hiciera presente en el establo y el león contestó: “Yo me pondré en la puerta, por si alguien llega queriendo hacerle daño al niño; yo no permitiré con mi fuerza que  nadie se acerque a Él.
            Los ángeles le contestaron:  “verá usted, el niño no necesita ningún guarda espaldas; los poderosos, los orgullosos, los que dominan y se creen dueños de todo no le hacen ningún favor”.
            Dejaron el león y se acercaron al zorro; le hicieron la propuesta y éste contestó inmediatamente: “No se preocupen, yo me meteré en todos los corrales de los vecinos y abasteceré de gallinas para que le hagan todo el caldo que necesite a su madre, para que pueda alimentarlo”
            Los ángeles le contestaron: “Verá, señor, no es eso lo que le estamos pidiendo, sino  que esté cercano al niño, que él sienta el calor y la presencia de alguien que lo quiere…”
            Se fueron entonces al pavo y le hicieron la misma propuesta y éste, después de consultarlo con otros, volvió con la repuesta: “De acuerdo, pero nos tienen que dejar que llevemos nuestros mejores trajes de plumas para adornar el establo, y poner aquello digno del  que ha nacido…”
            Los ángeles contestaron:  “Pero vean, no se trata de poner un escaparate para que la gente llegue y se quede sorprendida de toda la belleza que ustedes tienen, sino de crear calor y cercanía al Niño…”
            Entonces se acercaron al burro y al buey que estaban allí atados y les hicieron la misma propuesta: el burro contestó: “Yo soy un pobre animal que no tengo nada que llevar para regalar al niño, pues no me permiten más que trabajar y mi cuerpo  no tiene más que  heridas de los golpes que me dan, si es que puedo ayudar en algo, quizás pueda servir mi rabo para espantar las moscas que molesten al Niño…
            Y el buey respondió inmediatamente: “Ya ven, nosotros somos dos esclavos que nos machacan trabajando de sol a sol; yo paso mi vida arando y haciendo trabajos de fuerza que mi amo me manda, no creo que le pueda servir al niño de mi cuerpo más que el calor de  mi aliento para que pueda dormir tranquilo…”
            Los ángeles contestaron felices: ¡Por fin encontramos en la tierra lo que Dios está necesitando! Bienvenidos! Vénganse con nosotros al  establo, que el Niño Dios los está esperando…”
            Es posible que volviéramos a recuperar el sentido entrañable de la NAVIDAD el momento en que nos dejáramos de utilizar la fiesta para cumplidos y nos dedicáramos a cuidar la amistad, la fraternidad, el perdón, la verdad, la justicia, la alegría entre nosotros… de forma que estas fechas  fueran  cada año,  la celebración de un proyecto de vida que venimos manteniendo  y  que volvemos a encontrarnos cada año para celebrarlo  y renovarlo  en estos días.


viernes, 6 de diciembre de 2013

LO QUE VIVE DETRÁS DE LAS APARIENCIAS (Melitón Bruque)

            Con frecuencia hago un ejercicio de observación: salgo a dar una vuelta sin otro objetivo que mirar el rostro de la gente que va pasando por la calle; es un ejercicio muy sano y nos puede ayudar a descubrir muchas cosas, sobre todo, si es que nuestra vida está relacionada con el vivir diario de la gente, como puede ser la vida de un sacerdote, de un médico, de un maestro o de cualquier servidor público.

            Hemos de estar muy atentos, porque detrás del rostro de cada persona se esconden historias impresionantes, y nadie va por la vida dando patadas y proclamándose el grande y el interesante, arrollando a los que encuentra, a no ser que sea un pobre hombre o mujer, lleno de complejos, que lo que da en realidad es lástima, porque es lo único que produce quien se plantea ir de esa manera por la vida.

            En realidad, tendríamos que darnos cuenta que toda nuestra vida no es sino el eslabón de una cadena y todos vivimos y estamos interconectados y deberíamos darnos cuenta que lo que ocurre a uno afecta a todos.

            Esta reflexión me surge a raíz de una discusión con un grupo de personas en donde una sostenía a ultranza que ella no necesitaba nada de nadie, ni quería saber de la vida de nadie; que se sentía autónoma  y no le importaba nada que se refiriera a los vecinos en ningún sentido.

No valieron todas las razones que se dieron para que se convenciera y yo me estaba acordando de un detalle que leí por ahí en alguna revista donde se contaba que

 
            Antonio, un padre de familia, cierto día, cuando regresaba del trabajo, a  esas horas punta donde cualquier cosa  forma a veces unos atascos impresionantes, se encontró con un embotellamiento de tránsito infernal; no valía ponerse nerviosos y en medio de todo el desorden por ahí le aparece un joven con una moto sorteando coches y metiéndose por los huecos que quedaban. Estuvo a punto de insultarlo al ver cómo estuvo a punto de golpearle el espejo de su coche; el que iba delante le llamó chuleras, baboso,  y otros insultos más, pero el chaval seguía sorteando coches y afrontando los insultos...

            Cuando Antonio estaba aparcando el coche delante de su casa recibe una llamada de su esposa diciendo que su hijo de dos años había tragado algo y estaba muy grave en el hospital.

            Cogió de nuevo el coche y salió disparado hacia el hospital. Cuando llegó, su esposa se abrazó a él llorando y diciendo: “No te preocupes, ya pasó todo, dios hizo el milagro que llegara a tiempo el médico, pues el niño estaba ya con el conocimiento perdido, completamente asfixiado” 

             Antonio se sintió aliviado y después de besar a su hijo y estrecharlo fuertemente contra su pecho, pidió hablar con el médico para agradecerle por lo que había hecho. Casi no alcanzó a darle las gracias pues no salía del estupor: el médico era el joven que hacía una hora iba sorteando coches y aguantando insultos para llegar a tiempo y poder salvar a su hijo. Él había estado a punto de insultarlo de la misma manera que había hecho el conductor que iba delante.

            No pudo contener las lágrimas y abrazó al médico dándole las gracias por haber salvado a su hijo y pidiéndole perdón por la ligereza con la que juzgamos la vida de los demás.

 

            Así ocurre con una frecuencia enorme, y pasamos por la vida sin darnos cuenta de lo que está ocurriendo a nuestro alrededor. Por eso, cuando miras los rostros de la gente, cada uno es un cuadro conmovedor de una historia que merecería la pena ser escuchada y que  la inmensa mayoría se entierran sin haber visto jamás la luz de unos oídos que las escuchen.

FACUNDO "El Ricachón" (Melitón Bruque)


Facundo era un hombre bueno del pueblo que había heredado una gran fortuna: un palacio renacentista valorado en un montón de millones; dentro del palacio había obras de arte valiosísimas de los mejores pintores y escultores. En la herencia había recibido también unas fincas enormes que valían muchísimo dinero.

Efectivamente, facundo era el más rico del pueblo, el dueño de aquella gran fortuna, según constaba en los papeles, pero había algunas clausulas que debía cumplir: según establecía la ley,  aquella casa debía servir de albergue para peregrinos y, en el momento en que dejase de ser alojamiento, pasaba a ser patrimonio del estado.

Las fincas que tenía, estaba obligado a entregar lo que producían a instituciones benéficas y el resto a los pobres, él era el administrador de todo aquello y debía rendir cuentas de todo a los donantes; las joyas y las obras de arte que había dentro de la casa, estaban registradas como patrimonio cultural y artístico, con lo que Facundo no podía disponer de ellas para nada, él podía tenerlas en casa y admirarlas, pero de todo aquello debía cuidar esmeradamente.

Todo el mundo lo envidiaba y ponderaba sus riquezas, incluso, cuando alguien tenía una necesidad en el pueblo, todos lo enviaban a Facundo, para que él le diese una mano. Nadie podía imaginar que Facundo, apenas le alcanzaba para comer; nunca pudo permitirse una fiesta o un lujo y todos lo criticaban y lo llamaban ruin, tacaño, egoísta, insolidario... y todos los apelativos imaginables; es más, cuando alguien se le ocurría robarle algo se decía: AQuien roba a un ladrón tiene mil años de perdón@.

Y Facundo fue muriendo de tristeza, de soledad, criticado, incomprendido y destrozado por un peso que le habían puesto sobre sus espaldas, sin haberlo querido ni buscado, pues él siempre soñó con ser libre, con tener una casita pobre, con las puertas abiertas a todo el mundo, sin miedo a que los ladrones pudieran hacer un expolio, donde fuera considerado y sentido como un hermano más que comparte las alegrías y las penas, pero tuvo que reducir su vida a ser el guardián de algo que solo le trajo dolores de cabeza y enfrentamientos constantes con el pueblo